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jueves, 24 de abril de 2014

GENERALIDADES DE LOS PERFUMES E HISTORIA

EL LIBRO DE LOS PERFUMES


DR. DANIEL ENRIQUE RODRÍGUEZ COLLADO
(QUÍMICO-FARMACÉUTICO, M.A.)


Capítulo I
NOTAS SOBRE PERFUMES

1.1-GENERALIDADES DE LOS PERFUMES E HISTORIA
La palabra perfume proviene del latín per fumare cuyo significado es producir humo. Durante la Edad de Piedra los hombres para conquistar a sus parejas, quemaban maderas aromáticas con lo que se producía un atractivo olor que invitaba a la conquista y el encuentro. La importancia del perfume radica en el poder que tiene sobre los sentidos. Por medio de él podemos sentir rechazo o atracción hacia una persona, cambiar nuestro estado de ánimo y evocar recuerdos o sentimientos.
Esto nos puede llegar a decir que por ejemplo si alguien utiliza un perfume trata de alguna forma expresar sentimientos, como por ejemplo amor, enojo, tristeza etc.
Las primeras noticias escritas que nos han llegado sobre el uso de los perfumes las encontramos en las civilizaciones de la Mesopotamia, cuna cultural de la civilización occidental
Entre las tablillas de arcilla que los sumerios utilizaban para escribir y gracias a las cuales conocemos hoy su cultura y su costumbres, se han encontrado muchas recetas para la elaboración de ungüentos y perfumes y otras que hacen referencia a productos utilizados en sus composiciones.
La arqueología es otra fuente importante para el conocimiento del pasado y por tanto una gran ayuda para conocer y estudiar la perfumería en el mundo antiguo. Gracias a ella sabemos que la reina Schubab de Sumer que vivió por los años 3.500 a.C. usaba cosméticos, puesto que en su tumba se encontraron una cucharilla y un pequeño pote, trabajados con filigrana de oro, donde se guardaba pintura para los labios.
En la literatura sumeria, en sus relatos, himnos y epopeyas, en especial la de Gilgamesh se encuentra muchas citas que hacen referencia a la perfumería y a la cosmética.
Las culturas mesopotámicas influyeron notablemente sobre todas las demás de su tiempo y sobre las que le siguieron en el transcurso de la historia. Entre las primeras cabe destacar la del antiguo Egipto que fomentó una de las industrias cosméticas y perfumistas más importantes de la antigüedad. En efecto, la vida del pueblo egipcio se desarrollaba como una elipse alrededor de dos focos: uno de ellos eran sus creencias religiosas que, muy arraigadas y estructuradas, daban sentido a la vida y a la muerte, regulaban sus relaciones con las distintas divinidades, el Faraón incluido, y tenían un protagonismo especial en las grandes fiestas y celebraciones que marcaban la vida privada de sus habitantes. De otra parte, como segundo foco de esta elipse, su inclinación natural a una existencia tranquila a la ribera del Nilo, el gran río, columna vertebral del país, fuente de vida y de riqueza.
En los dos aspectos citados, el religioso y el profano, destacó el uso de los cosméticos y los perfumes. Los encargados de su elaboración eran los sacerdotes que vivían cerca de los templos y tenían sus laboratorios instalados en unas de sus dependencias, donde se elaboraban los ungüentos y los aromas que utilizaban con profusión en las ceremonias religiosas.
En un bajorrelieve del templo de Edfú, se pueden ver escritas en jeroglíficos muchas de las recetas que se hacían servir para la elaboración de los perfumes. Su uso en la liturgia era imprescindible. Cada día por la mañana un sacerdote entraba en lo más recóndito del templo y después de postrarse delante de la estatuilla del dios que allí se veneraba, le ungía con ungüento oloroso y le perfumaba con incienso. La misma ceremonia se hacía con el Faraón cuando acudía al templo o cuando participaba en las solemnes procesiones que se celebraban periódicamente desde Karnac a Luxor y en las que el Faraón, con lo resplandeciente por el maquillaje, presidía con pompa y majestad, acompañado de toda la corte y de más de doscientas doncellas que con incensarios humeantes en las manos, perfumaban todo el recorrido.
Ningún pueblo, hasta aquel entonces, había utilizado tantos perfumes en sus fiestas sociales. Por cierto que debemos destacar como curiosidad, la costumbre inédita, introducida por las mujeres de la alta sociedad de Egipto, de ponerse debajo de las pelucas que habitualmente llevaban, unos, llamados "conos", hechos con grasa mezclada con perfumes, que se iba fundiendo con el calor corporal y del ambiente, al tiempo que perfumaba el cuerpo quien los llevaba. No debió resultar un sistema demasiado práctico, porqué no se utilizó en ninguna civilización posterior. Se ha dicho, que en su vida cotidiana el pueblo egipcio fue el más limpio de la historia.
Acostumbrado a las alusiones diarias al levantarse y antes de comer cualquier cosa, les gustaba, tanto a las mujeres como a los hombres, presentarse aseado en todo momento, lo que propiciaba no solo la higiene sino el uso de cosméticos y de perfumes. Incluso los soldados en tiempo de guerra llevaban colgados del cinturón un frasco de aceite perfumado para cuidarse el pelo y la piel de la sequedad del clima.
Muchas de las primeras materias utilizadas las obtenían de otros países en expediciones comerciales o incursiones militares: El lugar preferido para las primeras. El reino de Pount, en la actualidad Somalia, al que llamaban "el reino de todos los aromas". Entre las ceremonias religiosas cabe destacar la operación de la momificación de los cadáveres que pretendía conservarlos para la eternidad. En la celebración de este rito se utilizaba gran variedad y cantidad de materias olorosas.
El primer Faraón que organizó una expedición a Pount fue Sahuré, pero el viaje más conocido fue en tiempos de la única mujer que ostentó el título de Faraón; se llamaba Hashepsut y en este viaje, entre una gran cantidad de riquezas, se trajeron cuarenta árboles de mirra que hizo plantar en los jardines de su palacio de Deir el Bahari, donde un gran relieve en una fachada explica gráficamente esta expedición.
Los egipcios guardaban sus perfumes en frascos de los más diversos ricos materiales, oro, piedras duras, vidrios de colores y otros; Pero los más utilizados fueron de alabastro que les proporcionaba el vecino desierto de Libia. Los más corrientes tenían formas sencillas, pero algunas eran verdaderas obras de arte, como los que se encontraron en la tumba de Tutankamon y que se pueden admirar en el museo del Cairo.
En tiempos del rey Salomón, con respecto al pueblo Judío, la perfumería alcanzó su mayor apogeo cuando la reina de Saba que procedía del "país de los perfumes" fue a visitar a Salomón, llegó con un gran número de camellos cargados de perfumes, oro y piedras preciosas y añade la Biblia: "Nunca llegaron a Jerusalén perfumes con tanta abundancia como cuando la reina de Saba los trajo para Salomón.
Siguiendo el hilo de la historia de la perfumería llegamos a uno de sus hitos más importantes, Grecia.
En la Grecia clásica todo cuanto representaba belleza, estética, armonía, proporción, equilibrio, tenía un origen divino y se personificaba en divinidades y héroes mitológicos. No es extraño, por tanto, que supusiesen a los ungüentos y perfumes que contribuían a enaltecer la belleza, un origen divino.
Según la tradición homérica fueron los dioses del Olimpo quienes enseñaron a los hombres y a las mujeres el uso de los perfumes. En la mitología, encontramos muchos relatos en los que diosas, ninfas y otros personajes pasan por ser los creadores de los aromas. Y así vemos que la rosa, que antes era blanca y sin olor, tiene su color rojo y su aroma penetrante, desde el día en que Venus se clavó una espina de un rosal y con su sangre la tiñó de rojo. La rosa se volvió tan bella que Cupido, al verla, la besó y desde aquel momento tomó el aroma que ahora tiene.
Otro día que Venus se bañaba a la orilla de un lago, fue sorprendida por unos sátiros. Venus, huyendo, se escondió entre unas matas de mirto que la cubrieron y los sátiros no la encontraron. Agradecida dio a los mirtos la fragancia intensa que ahora desprenden. Cuando Esmirna cometió su gran pecado, como castigo fue convertida en un árbol, pero lloró tan amargamente que las diosas aminoraron el castigo y la convirtieron en el árbol de la mirra que llora resinas aromáticas.
Dejando aparte la mitología, el origen y desarrollo de la perfumería en Grecia lo encontramos en sus vecinos de Creta y en sus colonias, así como en Siria y otros pueblos mediterráneos. Los perfumistas de estos países instalaron sus negocios en las ciudades griegas, y, en pequeñas tiendas o en paradas desmontables en las ágoras o en los mercados públicos, vendían los productos que elaboraban.
Los griegos no tardaron en aprender y muy pronto importaron esencias orientales y se convirtieron en grandes maestros en la elaboración de ungüentos y perfumes. Hombres y mujeres los usaban en tanta abundancia que Solón, uno de los siete sabios de Grecia, prohibió por ley el uso de esencias para limitar los gastos que ocasionaban sus importaciones.
Estas leyes restrictivas duraron poco tiempo. No se podía ir en contra de la voluntad de la mayoría y muy pronto volvió la costumbre de perfumarse y ofrecer a los dioses, después de los sacrificios habituales de animales, los aromas del incienso y de la mirra en los actos litúrgicos.
Estas resinas olorosas las importaban de Arabia y resultaban muy costosas, hasta el punto, que cuenta Herodoto, que en cierta ocasión vio como Alejandro Magno ofrecía en su oración gran cantidad de incienso delante un altar, su maestro Leónidas le reprendió diciéndole: "si quieres quemar tanto incienso espera conquistar la tierra que lo produce". Alejandro no respondió, pero más tarde, cuando conquistó la Arabia, envió a Leónidas un cargamento de 500 talentos de incienso y 100 de mirra.
Pero no todo el mundo en Grecia tenía afición por los olores. A Sócrates no le gustaban y afirmaba que los hombres no debieran usar perfumes, puesto que una vez perfumados, hacía el mismo olor un hombre libre que un esclavo. En cambio Diógenes que era hombre descuidado, más bien sucio, que vivía dentro de un tonel, se perfumaba los pies y lo justificaba diciendo: "si me perfumo mis pies, el olor llega a mi nariz, si me lo pongo en la cabeza solo los pájaros pueden olerlo".
La gran aportación de los griegos a la perfumería fue el de aplicar su arte a los frascos de cerámica que se utilizaban como recipiente para guardar los perfumes y que todavía hoy no han sido superados en belleza. Los griegos que diseñaron gran cantidad de frascos de cerámica para todos los usos, crearon siete formas de frascos para guardar perfumes y los decoraron con motivos geométricos, o de animales fantásticos o bien de escenas mitológicas o cotidianas de figuras negras o rojas según el tiempo. El más clásico y extendido era el "lekytos", un vaso esbelto y elegante y tan divulgado, que en Grecia se decía de alguien que era pobre de solemnidad, "que no tenía ni un lekytos".
La antigua Etruria, que se corresponde geográficamente con la actual Toscana italiana, desarrolló una cultura autóctona, diferenciada de sus vecinos, y misteriosa por sus orígenes. Aun hoy en día, los historiadores no se han puesto de acuerdo, acerca de su aparición en la historia de los pueblos. Unos, la hacen derivar de la cultura protohistórica vilanovense que se desarrolló en la ribera del Adriático, entre los valles del Arno y del Tíber, y que surge en la historia de las culturas hacia el 750 a.C.; en tanto que otros, Herodoto el primero, los hacen originarios de Lidia de donde hubieran llegado, huyendo de una ola de hambre en su país.
A este hecho enigmático de su origen, se ha de añadir el de su lengua; todavía no descifrada; la singularidad de sus creencias basadas en los oráculos y adivinanzas; su arte original e inconfundible, de influencias orientales, marcado, más tarde, por la impronta del mundo helenístico; su ordenamiento social y el protagonismo de la mujer etrusca dentro de una sociedad liberal y epicúrea.
Todos estos enigmas trasladados a nuestro objetivo de relatar la evolución de la historia de la perfumería, se traducen en la incógnita de saber si fueron los lidios los que trajeron consigo el uso de los cosméticos y los aromas, o bien, se desarrollaron dentro de una propia cultura anterior.
La falta de fuentes literarias nos impide el conocimiento exacto de cuáles fueron las materias utilizadas en la elaboración de los aromas. Nos obliga a recurrir a la ayuda de la arqueología, para ilustrarnos sobre las primeras materias usadas y sobre los envases que hicieron servir como contenedores de perfumes. En este último aspecto, destacan las formas clásicas de los alabastrones egipcios, la de los "lekytos" griegos", así como los "askos", las "píxides"o pequeñas cajas de cerámica para guardar ungüentos o cosméticos y los "arybalos" esféricos, o en forma de bombilla y también los llamados de rosquilla por su forma característica.
De los numerosos materiales con los que estaban elaborados, no nos podemos olvidar ni de los metales preciosos ni de las piedras duras, pero una exclusiva de la artesanía etrusca aplicada a los vasos para ungüentos perfumados, fue la cerámica de "buchero", de color negro y de textura muy fina, con la que lograban vasos de paredes extremadamente delgadas y brillantes que los hacían especialmente delicados y bellos.
Los fenicios, cananeos de raza y semitas de lengua, se establecieron hace 7,000 años, en una débil franja de tierra entre el mar y los montes del Líbano. Era gente hábil, inteligente y laboriosa, que se enriquecieron con el comercio de dos productos que tenían a pié de obra: la púrpura para teñir la tela, que extraían del murex, un caracol de mar, y la madera de los cedros de las montañas del Líbano. Fueron grandes navegantes y mejores comerciantes. Vivieron en ciudades-estado, prósperas e independientes y fueron grandes amantes de los perfumes. Con estos antecedentes y con una gran flota de naves ligeras, de proa estilizada, eran temibles en el mar y estaban preparados para abrir factorías en todo el mediterráneo que con el tiempo, se convertirían en ciudades.
Compraban metales de toda clase, nobles y útiles, y vendían madera de cedros a los egipcios y artículos manufacturados a los habitantes de las islas griegas hasta las costas del sur de Italia y España. No tenemos demasiadas noticias de los productos aromáticos que usaron, pero sí que tenemos, y muchas, de la enorme cantidad de frascos para perfumes que manufacturaron. En todos los periplos que hicieron en todas las factorías donde se establecieron y sobretodo en todas las ciudades que fundaron, en particular Cartago, pero también, Chipre, Creta, Málaga, Cádiz e Ibiza y tantas otras, encontramos los restos de su paso o de su estancia. En relación con la perfumería, podríamos decir que, aparte de los frascos de vidrio o de pasta vítrea, que cambiaron o vendieron, y que encontramos en todos los museos arqueológicos del mediterráneo, fueron los suministradores de esencias para los habitantes de sus colonias. Sin pecar de exagerados, nos atrevemos a decir que los fenicios se convirtieron en los primeros distribuidores de perfumes de la cuenca mediterránea.
Cuando Tiro, la última ciudad de los fenicios, cayó en manos de Alejandro, después de más de 6,000 años de estancia, todos los vencidos que pudieron, huyeron a Cartago que era ya una gran metrópolis de raíces fenicias. Los cartagineses continuaron las costumbres de su origen y, entre ellas, el uso de los perfumes, pero sin que se distinguieran en abusar de ellos. Los cartagineses se convertirían en un pueblo de conquistadores, y después de 118 años de guerras con los romanos, Cartago acabaría en una ciudad tan romanizada como la misma Roma.
Los griegos a través de sus colonias en el mediterráneo, propagaron el gusto por perfumarse, desde el oriente cercano hasta las costas de Francia y España. Precisamente de una colonia griega del sur de Italia salieron los primeros barberos y perfumistas que se instalaron en Roma en tiempos de la República.
Los primeros romanos formaban un pueblo pobre, austero y frugal, dedicado a cuidar de sus huertos y rebaños, al tiempo que se defendían de los ataques y agresiones de sus múltiples vecinos. Más tarde su fusión con los etruscos, sus victorias militares y su relación con los griegos del sur, cambiaron sus hábitos y costumbres y al final de la República y primeros siglos del Imperio en que conquistaron medio mundo, Roma se convirtió en una ciudad rica y próspera que conoció el "boom" de la cosmética y la perfumería, tanto a lo largo de su extensión geográfica que la hizo llegar hasta los confines del Imperio, como por la intensidad del consumo que se popularizó entre todas las capas sociales. El uso de perfumes y ungüentos se convirtió en abuso y exageración.
En Roma, además de las personas se perfumaban, las salas de los grandes palacios, los teatros, los vestidos, el vino, los estandartes de las legiones cuando a la guerra o cuando volvían victoriosas de sus conquistas, y hasta algún emperador llegó a perfumar su caballo preferido. También se usaban innumerables perfumes en las ceremonias religiosas como ofrendas a los dioses, en los entierros y en las fiestas familiares, especialmente en las bodas.
Del emperador Nerón se explica que en algunos de sus banquetes, hacía caer, desde el techo, pétalos de flores sobre sus comensales y soltaba palomas con las alas perfumadas, para que esparcieran por la sala sus aromas. Es sabido que su mujer. Popea, se bañaba con leche de burra y cuando viajaba llevaba entre su séquito una reata de cincuenta de estos animales.
Los perfumistas de Roma tenían instaladas sus tiendas en un barrio llamado "Vicus unguentarium", donde vendían sus productos y en el fondo de la tienda, en pequeños obradores preparaban los perfumes y los ungüentos. Igual que hoy en día, más de uno, tuvo gran popularidad por el éxito de sus aromas y su nombre era reconocido por todos los consumidores.
Con la desaparición del Imperio Romano y la expansión del cristianismo que predicaba la austeridad y la moderación en las costumbres, se produjo, en Occidente, una gran disminución en el uso de los perfumes, cuyo uso quedó reducido a las cortes de algunos reyes o a los palacios y castillos de algunos nobles.
En el Renacimiento, Venecia y Florencia fueron las capitales de los perfumes. Se recuperaron las fórmulas de las antiguas composiciones y la perfumería volvió a rebrotar con fuerza en Europa. Las cortes de los Médicis y de los Duxs de Venecia eran cortes perfumadas.
Cuando Catalina de Médicis, la gran embajadora del perfume salió hacia Francia para casarse con el rey Enrique II, se llevó, entre su séquito, a su perfumista privado, Renato de Florencia, que al llegar a Paris abrió con gran éxito una tienda de perfumes, del que las malas lenguas decían que sabía componer igual de bien los perfumes que los venenos.





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